7.6.06

Día 17 VDM - Profesor Moonlish

El profesor Edward Moonlish se levantó especialmente pronto aquella mañana. Tardó en entender lo que estaba ocurriendo cuando sonó el despertador, pero consiguió que su mente se deshiciera del sueño por el que vagaba y estiró la mano para poner fin al penetrante pitido.
No se levantó. Permaneció 10 minutos con los ojos clavados en el techo, trayendo a la mente dulces recuerdos de su mujer, fallecida cinco años atrás. Cada mañana le pasaba lo mismo. Intentaba no soñar con ayuda de algunos medicamentos, pero era inútil. Aunque no recordase los sueños al despertar, la sensación era siempre la misma: vacío. Ese día, además, recordaba el sueño.
Miró el reloj de la mesita, marcaba las 4.28. Se sentó en la cama con la intención de levantarse, pero le faltaron fuerzas. Observó la puerta entornada en la penumbra y lloró. Lloró amargamente... demasiados recuerdos, demasiada tristeza.
Cuando consiguió recobrar el ánimo, se puso en pie y avanzó con paso firme. "Solo necesitas realizar un último esfuerzo, Eddie", se dijo. Se puso su bata, encendió una vela y salió de su cuarto.
Moonlish era amante de los objetos arcaicos. Recordó algunas bromas que había recibido a lo largo de su vida mientras avanzaba descalzo por los pasillos oscuros y vacíos de la facultad. Sonrío con tristeza.
Había pensado muchas veces en lo que tenía que hacer esa noche. No vaciló, actuó con naturalidad. Se sentó en el sillón de su despacho y sacó lentamente la tarjeta-llave del bolsillo de la bata. Tecleó con cuidado sus números personales y se desbloquearon los cajones de su escritorio. Sacó una vieja pluma y un papel y comenzó a escribir.
Se avergonzó al ver que su caligrafía había empeorado después de tanto tiempo sin escribir a mano. Pero no iba a cambiar de idea. Se esforzó por hacer la letra lo mejor que pudo y continuó escribiendo.
Cuando terminó la carta, la cerró y la selló, cifrándola para asegurar que su contenido no sería leído por quienes no debían. Escribió los dos destinatarios en el sobre y la apoyó contra la lámpara.
Guardó la pluma en el cajón y sacó el desintegrador de neuronas antes de cerrarlo de nuevo. Lo puso a la máxima potencia y se levantó de su sillón mientras un creciente zumbido le indicaba que el artefacto estaba acumulando energía. Avanzó hasta el espejo que tenía junto a la puerta y sonrío al ver su delgada figura bajo la tenue luz de la Luna. Levantó la mano hasta la altura de la sien.
─Buenas noches, profesor ─susurró.
Y apretó el gatillo.

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